Queso sin lactosa

viernes, 30 de mayo de 2008

El primer post lo va a abrir el culpable de que iniciara este blog, Juanmita, quien hace unas semanas dedicó un post al primer queso que había probado en casi dos años. Pero nada de sucedáneos de dudoso gusto, sino queso hecho con leche, que le debemos a Kaiku.

Con el permiso de Juanma, allá va.

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No, no es ninguna pijada nuestra, sino pura cuestión de supervivencia. Resulta que Cristina tiene intolerancia a la lactosa. Su madre la tiene, y sospechan que su abuela también; en consecuencia, nos da toda la impresión de que, si tenemos una hija, aparte de unos ojos preciosos, tendrá muchos números para desarrollar intolerancia a la lactosa.
¿Por qué se es intolerante a la lactosa? La lactosa es un azúcar natural, presente en la leche, que es asimilada por el organismo gracias a una enzima, la lactasa. Ésta se encarga de romper la lactosa y descomponerla en glucosa y galactosa; de este modo, puede disolverse bien y llegar al torrente sanguíneo desde los vasos del intestino.
Pero imaginaos que no producís lactasa, o que ésta tiene algún defecto. No se produciría esa disolución, y la lactosa se quedaría en la pared intestinal, dando por culo. ¿Por qué? Pues por el mismo motivo por el que nuestro organismo no está preparado para comer césped, ni piedras: no forman parte de nuestra dieta. Estamos programados para consumir lactosa durante nuestro período de lactancia; concluido éste, desaparece la necesidad y, por tanto, la enzima que permite la absorción de la leche. El consumo de leche es una costumbre, una excentricidad de nuestra dieta, cuando se prolonga más allá del período de lactancia.
Técnicamente, los intolerantes a la lactosa son auténticos adultos, mientras que los que no lo son, en cierto modo, no dejan de ser personas cuyos aparatos digestivos siguen anclados en la infancia, en la época lactante.
¿Cuántos intolerantes a la lactosa existen? No se sabe. Se calcula que alrededor del 15% de la población, aunque hay algunos grupos (sobre todo en el Extremo Oriente) en los que ese porcentaje aumenta hasta el 80%. ¿O acaso habéis probado algún producto lácteo cuando habéis ido a un restaurante japonés o vietnamita? Ninguno, ¿verdad? Pues eso.
Son estimaciones. Lo más probable es que el porcentaje sea mayor, sólo que el afectado no sea consciente de su situación. Yo mismo podría padecer una intolerancia leve a la lactosa, aunque lo que tengo diagnosticado es colon irritable. El efecto sería el mismo: diarreas, gases, malestar en la zona abdominal, cansancio y, llegado el caso, vómitos.
Tú mismo podrías ser intolerante a la lactosa, y no saberlo.
En el caso de Cristina, tal vez fuera cuestión de tiempo y de esperar pacientemente a que se desarrollase: como digo, su madre la padece, en un grado severo, y es probable que su abuela materna también la padeciera.
Cuando empezamos, no tenía síntomas, o, al menos, síntomas integrables en un diagnóstico claro. Sin embargo, tuvo una temporada mala, de muchas diarreas y vómitos, y atamos cabos y descubrimos que, sin el menor asomo de dudas, debía de tratarse de la intolerancia a la lactosa. ¿Por qué? Nos acabábamos de bajar la fondue de Girona, y los sábados que estábamos en Barcelona nos dábamos unos homenajes que pa qué. Además, de vez en cuando experimentábamos con pizzas de cuatro quesos, a las que añadíamos alguna que otra variedad.
Al principio, todo fue bien; después, de manera sistemática, cada vez que cenábamos pizza o fondue, le venían el cansancio, los granos en la cara y las diarreas.
Sumamos dos y dos, y la respuesta fue evidente.
El seguro te cubre las pruebas para la detección de intolerancia a la lactosa, pero son una auténtica chorrada, ya que no descubres nada que no puedas averiguar por tu cuenta, mediante la estrategia de prueba-error. En una farmacia te pueden hacer una prueba de detección de intolerancias alimentarias, bastante completa y no enfocada específicamente a la lactosa, pero te pueden cobrar unos doscientos euros. Así pues, el último año ha consistido en dar palos de ciego, hasta averiguar cuáles son los lácteos que más pupita le hacen: tomar un producto lácteo determinado, y medir su impacto en su organismo. De este modo, ahora sabemos que, cuanta más lactosa contenga un producto, peor para Cristina. Leche cruda, ni hablar; queso fresco, caca; un roquefort, podría ser.
Ahora bien, ¿con qué sustituir la leche? A Cristina le encanta la leche, le encanta el queso y le encantan muchos de los productos a los que se le añaden leche, lactosa, leche en polvo o trazas de lactosa..., que, y hace falta estar en esta situación para darse cuenta, son muchísimos. El paté de foie gras contiene leche. El jamón dulce, también. Y el salami. Incluso las hamburguesas que te puedas comprar en el súper. Casi todo lleva leche. Así pues, hay que andarse con mucho cuidado cuando haces la compra, y descubres muchísimas cosas acerca de la química y de la cantidad de mierdas que comemos.
La opción más socorrida es la leche de soja. Pues no, porque está carísima y sabe a rayos. Vale, pues la leche de avena. Tampoco, porque está carísima y no sabe a nada; eso sí, por lo menos se puede utilizar para hacer pastelitos ricos. ¿Leche de almendra? Para eso, mejor compramos horchata de chufa.
Las tiendas de dietética tienen sustitutivos, pero generalmente son asquerosos. El queso sin queso de una cadena de tiendas de dietética no sólo no sabe a queso, sino que, al salir del horno, tiene más o menos la textura de una bolsa de plástico fundida a doscientos veinte grados, y posteriormente endurecida.
Como solución provisional, optamos por leche de avena en polvo. No está del todo mala, pero cuesta encontrarla en tiendas de dietética. Porque ésa es otra: no suele ser fácil encontrar productos sin lactosa, o sustitutivos de la lactosa. Existe la tendencia a creer que con cambiar la leche de vaca por la leche de soja, ya basta, y el asunto es más complejo: la soja, como buena legumbre, da gases, y es muy alergénica, salvo en algunas variedades transgénicas. En ese sentido, hay más productos para celíacos, que incluso disponen de estantes exclusivos en algunos hipermercados. Hará falta tiempo, y una concienciación similar a la que ya existe con los celíacos, pero supongo que llegará.
Mientras tanto, a joderse.
Hasta que lo vimos en un hipermercado. Una marca de productos lácteos ha lanzado una gama de productos sin lactosa. Primero fueron los yogures, que llevan unos cuantos meses alegrándole a Cristina la vida y la hora del descanso de media mañana. La leche, para repostería, es una buena solución, pero tampoco la utiliza con demasiada frecuencia.
Pero el queso... Ayer pudimos encontrar, ¡por fin!, queso sin lactosa, y Cristina está mucho más contenta. Por fin puede recuperar el sabor de algo que le encanta pero a lo que no podía ni acercarse, so pena de pasarse uno o dos días realmente jodida. Hasta ahora han salido dos variedades, Gouda y Emmental, pero, con el tiempo, supongo que acabarán desarrollándose otras. Intento imaginarme un Cabrales sin lactosa.
Los próximos productos de esta gama de lácteos sin lactosa aún no están decididos, pero todo parece indicar que serán los helados, o tal vez la nata.
Sea como sea, es un cambio a mejor. Esto sí es calidad de vida.


(Mis enésimas disculpas por la calidad de las fotos. La cámara de móvil, ya se sabe.)

Los inicios

miércoles, 28 de mayo de 2008

Hará aproximadamente tres años comencé a notarme muy cansada, con malas digestiones y unos granitos en la cara que aparecían y desaparecían a voluntad. Son esas cosas que ya las haces propias de la rutina y no les das más importancia porque las achacas al estrés. Sin embargo, hace un año y medio la cosa se recrudeció, y era evidente que había algún problema de fondo, que resultó ser ni más ni menos que intolerancia a la lactosa.
De ahí a la actualidad ha habido un sinfín de reajustes, tanto en mi dieta como en mis relaciones sociales. Tener que explicar qué es la intolerancia a la lactosa y en qué se diferencia de una alergia, cuáles son los síntomas, grados de intolerancia, y por supuesto, qué alimentos -aparte de los obvios- son susceptibles de tenerla. Salir a comer fuera de casa se convierte en un suplicio, y que te inviten a casa ajena es poner a la gente en un compromiso.
Ni corta ni perezosa eso me ha llevado a abrir este blog, Lactosa Free, en el que divagar acerca del tema, aportar ideas, recetas sin lactosa o con alternativas a ella y truquitos varios.
No soy una experta, pero intentaré aportar mi granito de arena, ahora que los celíacos están moviéndose más que nunca, nosotros también podemos unirnos a sus reclamaciones.
Bienvenidos a todos y os espero próximamente.